MITOS DEL SALVAJE OESTE AL DESCUBIERTO. Las películas y los libros han construido una mitología en torno al lejano Oeste que aquí vamos a desmontar.

Mujeres de moral ligera en el salvaje Oeste 

Cuando pensamos en el salvaje Oeste, nuestra imaginación viaja de inmediato a un escenario que el cine nos ha mostrado una y otra vez. Una calle principal ancha y polvorienta, flanqueada por construcciones de madera; vaqueros armados caminando con paso firme; un salón con puertas vaivén donde los hombres juegan al póker, beben whisky y se enzarzan en peleas cada minuto. Y, por supuesto, el sheriff con su estrella en el pecho, siempre listo para enfrentarse al forajido en un duelo al mediodía.

Ese es el mito que Hollywood construyó y que funciona de maravilla en la pantalla. Pero la realidad de los pueblos del oeste americano era mucho más cruda. Eran lugares caóticos, malolientes, improvisados y peligrosos. Sitios donde la vida valía poco, donde la ley apenas existía y donde las enfermedades mataban más que las balas. Y, aun así, eran ciudades llenas de hombres y mujeres que perseguían un sueño: fortuna y libertad. Hoy vamos a derribar los mitos del lejano Oeste y descubrir cómo era realmente vivir en una ciudad auténtica de aquella época.

Los ciudadanos de Apex, Colorado, se reúnen para un desfile en Main Street alrededor de 1898.

Ciudades nacidas del azar

Las ciudades del oeste no surgían de una planificación cuidadosa, sino de explosiones de oportunidad. Bastaba con que alguien encontrara oro, plata o petróleo para que miles de personas corrieran hacia ese lugar. Estos asentamientos eran conocidos como boomtowns.

Un ejemplo clásico fue Virginia City, en Nevada. Tras el descubrimiento de la Comstock Lode en 1859, lo que antes era apenas un puñado de chozas improvisadas, se transformó en una metrópoli de 25.000 habitantes en menos de diez años. Pero así como aparecían de la nada, también desaparecían. Cuando la mina se agotaba, la mayoría se marchaba, dejando atrás auténticas ciudades fantasma. Se estima que hoy existen más de 3.800 ghost towns repartidas por todo el oeste estadounidense.

Estos lugares nacían sin calles planificadas, sin escuelas, sin iglesias ni tribunales. El orden llegaba después, y solo si la ciudad lograba sobrevivir el tiempo suficiente. Al principio, lo que predominaba eran las tiendas de campaña, los barracones de madera y la suciedad por todas partes.

La calle principal: polvo, barro y estiércol

Hollywood convirtió la calle principal en un escenario de duelos legendarios. En la vida real, era casi intransitable. En verano, el polvo se levantaba en nubes asfixiantes; en invierno, el barro podía llegar hasta las rodillas. Caballos, carros y diligencias circulaban sin descanso, y cada animal dejaba tras de sí kilos de estiércol.

En ciudades grandes como Dodge City se acumulaban cientos de toneladas de excremento de caballo al año. Eso atraía ratas, moscas y enfermedades. Los habitantes se quejaban en periódicos locales como el Dodge City Times, exigiendo que el Ayuntamiento hiciera algo. Pero, en general, la suciedad era parte inevitable del día a día. Si cierras los ojos e imaginas una calle del Viejo Oeste, el olor no sería a whisky ni a cigarros, sino a polvo, sudor, barro y estiércol.

El mito del sheriff incorruptible

Las películas nos vendieron la idea de que cada ciudad tenía un sheriff incorruptible dispuesto a mantener el orden. La realidad era mucho más confusa. Muchas ciudades, al principio, ni siquiera contaban con policía. El orden dependía de la fuerza de los propios habitantes, de improvisados comités de vigilancia o, en ocasiones, de la ley del más fuerte. 

La justicia en aquellas ciudades no la imponía siempre un sheriff honorable, sino grupos de vigilantes: ciudadanos armados que juzgaban y castigaban según su propio criterio. Eso significaba linchamientos públicos, prisiones improvisadas y juicios sumarios. Incluso cuando había un sheriff, no necesariamente era un héroe. Muchos eran tan corruptos como los criminales que debían arrestar, y algunos estaban en los bolsillos de los dueños de saloons y burdeles.

Los duelos al mediodía, tan icónicos en el cine, prácticamente nunca existieron. La mayoría de las muertes ocurrían en emboscadas, disparos por la espalda o peleas de bar. El historiador Robert Dykstra demostró que la tasa de homicidios en ciudades como Dodge City y Abilene era elevada, pero incluso menor que la de Nueva York en la misma época. La diferencia estaba en que, en el Oeste, la violencia era más visible, más espectacular.

El corazón de la ciudad: el saloon

El saloon era el centro neurálgico de cualquier ciudad. No era solo un bar: también funcionaba como hotel, restaurante, casa de juegos, oficina de correos y, en muchos casos, burdel. Allí se cerraban negocios, se decidían elecciones y las peleas eran casi diarias. El póker era el juego más común, a menudo manipulado por tramposos profesionales.

Fuera del saloon, la rutina era dura. Los hombres trabajaban en minas peligrosas, en ferrocarriles interminables o en el pastoreo de ganado con jornadas agotadoras. Las mujeres administraban pensiones, cosían, cocinaban para decenas de trabajadores y, en muchos casos, se veían obligadas a trabajar en burdeles, pues pocas profesiones estaban abiertas para ellas. El escritor Oscar Wilde, durante su visita al Oeste en 1882, describió los saloons como escenarios de la codicia humana, donde cada vaso de whisky contaba una historia de fracaso o ambición.

Calle Principal y Avenida Valley, Baker City, Oregón. Tomada en 1875. "Baker City." Por Gary Dielman. Enciclopedia de Oregón.

Enfermedades y desastres

El peligro no provenía solo de las armas. Sin saneamiento básico, las ciudades eran focos de enfermedades. La basura se arrojaba en las calles, mezclada con el estiércol de los caballos. El agua potable era escasa y con frecuencia estaba contaminada. Epidemias de cólera, tuberculosis y viruela eran comunes. En ciudades como Deadwood, los cementerios crecían más rápido que la propia población. La tuberculosis, llamada entonces “consunción”, era casi una sentencia de muerte.

A todo esto se sumaba el riesgo de incendios. Con construcciones de madera, una vela mal colocada o un cigarro mal apagado bastaban para que una ciudad entera desapareciera en pocas horas.

Esperanza en medio del caos

Ante tanta suciedad, violencia y muerte, surge la pregunta: ¿por qué alguien se quedaba en esas ciudades? La respuesta es simple: esperanza. El Oeste era el lugar donde cualquiera podía empezar de nuevo. Inmigrantes, huérfanos, hombres arruinados, exesclavos liberados… todos veían en la frontera una oportunidad de cambiar su destino. Algunos se enriquecían como dueños de saloons, comerciantes o mineros afortunados. Otros apenas sobrevivían. Pero todos compartían la sensación de libertad, la idea de que no había un sistema que lo controlara todo.

Era una vida arriesgada, sí, pero para muchos mejor que quedarse atrás. Las ciudades del viejo Oeste no eran los escenarios glamorosos de las películas: eran improvisadas, peligrosas, malolientes, pero también llenas de vida y esperanza. Lugares donde se podía ganar una fortuna o perder la vida en un abrir y cerrar de ojos.

La próxima vez que veas un western y observes al sheriff enfrentándose al bandido en una calle limpia y ordenada, recuerda: el verdadero Oeste era mucho más duro, mucho más humano y mucho menos romántico. Y ahora la pregunta inevitable: ¿tendrías el valor de vivir en una ciudad real del viejo Oeste?

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